Discurso de Inauguración de la Casa para Hermanas Mayores en el Monasterio Cristo Rey

Queridos todos.

Con profunda gratitud nos reunimos hoy para contemplar algo que durante mucho tiempo fue primero un deseo, luego un proyecto y que hoy, por la gracia de Dios, se presenta ante nuestros ojos como una realidad. Esta casa, que después de un largo proceso ha sido adecuada para el uso de nuestras queridas hermanas mayores, responde a las necesidades que van surgiendo con el paso de los años y a las circunstancias particulares de salud, ofreciendo una hospitalidad adecuada dentro de nuestro querido entorno monacal.

Ante todo, elevamos nuestra acción de gracias al Señor, porque sabemos que toda obra buena nace en Su corazón y se realiza por Su providencia. Él ha guiado cada paso de este camino, acompañando y sosteniendo este proyecto que hoy vemos hecho realidad.

Deseo expresar un agradecimiento muy especial a la Hermana Marcela Runcan, quien, siendo Madre General de nuestra Orden, bendijo y alentó generosamente la realización de esta obra fundamental para nuestra Provincia: que nuestras hermanas mayores puedan ser acogidas en un monasterio adecuado a sus circunstancias actuales.

La Hermana Marcela acompañó esta misión con cercanía y confianza. Su gestión significó para nosotras una valiosa muestra de generosidad, también en el aspecto económico, a través del aporte de sus benefactores.

Agradezco igualmente a los miembros del Consejo Provincial y a cada una de las hermanas que, desde su lugar, acompañaron todo el proceso de este gran trabajo. De manera especial, a la comunidad del monasterio de Cristo Rey, que con paciencia y espíritu fraterno supo sobrellevar las incomodidades propias de una obra en construcción y que además contribuyó generosamente a su realización.

Deseo destacar también la ayuda invaluable, el apoyo y el financiamiento brindado por la comunidad del monasterio San Basilio Magno de la ciudad de Posadas, sin cuya colaboración esta misión habría sido mucho más difícil de concretar.

Quiero reconocer igualmente el trabajo profesional y generoso de quienes colaboraron directamente en la realización de esta casa. Al equipo formado por los arquitectos Víctor Bernal y Silvia Piedrabuena, junto al señor Roberto Germán Playuk, quienes supieron pensar cada espacio con sensibilidad y profesionalidad, buscando soluciones adecuadas y funcionales para la realidad de nuestras hermanas mayores.

A través de ellos, agradecemos también a cada una de las personas que aportaron su oficio: artistas, albañiles, herreros, carpinteros, electricistas, plomeros, jardineros, proveedores y ayudantes. Todos ellos, con compromiso y dedicación, dieron lo mejor de su trabajo para que esta obra alcanzara la calidad y la belleza que hoy podemos apreciar.

Este lugar ha sido pensado con especial cuidado: ambientes luminosos y amplios, ventilados y abiertos a las hermosas vistas de la ciudad de Apóstoles; circulaciones y accesos adaptados a las necesidades de movilidad; espacios destinados al encuentro, a las actividades terapéuticas y al disfrute de los jardines y del entorno natural.

El taller, el gimnasio y las habitaciones han sido equipados con tecnología y confort, buscando equilibrar lo funcional con lo necesario y digno para nuestras hermanas y para quienes las acompañan en su cuidado. Asimismo, se han previsto espacios adecuados de guardado y circulación para favorecer un funcionamiento armonioso entre los distintos niveles de la casa.

Desde el comienzo quisimos que el corazón de estas instalaciones tuviera un lugar privilegiado para el recogimiento y la oración. Por ello, el oratorio ocupa un espacio central en la distribución del edificio, invitándonos permanentemente a volver la mirada hacia el Señor. Allí contemplamos a Jesús, confiado a la ternura de Dios manifestada en su Madre, María. Los íconos escritos por la Hermana María Elena (OSBM) llenan este espacio de luz, belleza y profundidad espiritual.

Decidimos realizar un gesto de reconocimiento y ubicar la escultura encargada por la Hna Miguela en memoria de la Madre Sofronia, sobre un pedestal preservado de la construcción original del convento. La ahora Sierva de Dios, contempla la ciudad, esa ciudad que la acogió aquel agosto de 1939 cuando ser presencia Orante, Sanante y Vivificante impulso un estilo de vivir en Cristo acompañado la vida de los inmigrantes ucranios y que hoy sostiene la misión de Hermanas Basilianas de la Provincia Cristo Rey, en Argentina.

En lo personal, deseo expresar mi gratitud a todas las personas con quienes comparto el día a día de esta misión: a mis hermanas de comunidad, a mi familia, a mis amigos y a todo el equipo de la sala 116, por su apoyo constante, su disponibilidad y su espíritu de colaboración.

Esta casa es mucho más que un edificio. Es un signo de gratitud hacia nuestras hermanas mayores; un gesto concreto de amor hacia quienes han sostenido durante tantos años nuestra misión con su oración, su trabajo y su fidelidad.

Deseo profundamente que este lugar sea para las hermanas de esta comunidad, para todas las Hermanas Basilianas y también para los laicos que nos acompañan, un espacio de paz, de descanso, de encuentro, de gratitud y de oración.

Que esta casa nos recuerde siempre que lo que hoy celebramos es la vida como fruto de la fe compartida, de la comunión fraterna y de la providencia de Dios, que se manifiesta cada vez que somos capaces de compartir y caminar juntos, como lo hizo la primera comunidad de Nazaret.

Muchas gracias.

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